Como mis antepasados, también tuve que incorporarme para sobrevivir. Porque así, en bípedos nos convertimos.
Y acá estoy. Sobre mis dos piernas, con los ojos rasgados de tanto miedo. Contagiándome de tu lenguaje, teniendo sexo a las apuradas en la parte trasera de un auto, con la ciudad de testigo. Acá estoy, con la mirada cada vez menos inocente, con mi cuerpo sordomudo sobre tu cama, deslizándome sobre tus rodillas, como la nena malcriada que jamás fui, y la mujer extraña en la que me convertí. Mi reflejo de cada día. Acá estoy, con la voz ahogada gritando desesperadamente, caminando ralentizada por las calles de siempre, con los pies cansados y las costillas sobresalientes y el llanto fortuito que culmina en tu abrazo.
"Cuando miro al abismo, el abismo me mira".
De tanto mirarte, tal vez yo también me convierta en monstruo.