¿Habrá algún sitio para los solitarios, para los que no compusimos sinfonías, para los que no supimos hacer estallar en colores nuestra tristeza? Para los que no hicimos concesiones, para los empecinados, para los que pretendimos el todo, la libertad absoluta y nos quedamos ardiendo en silencio.
¿Habrá piedad para los que jugamos a cara o ceca y perdimos? ¿A dónde iremos los que olvidamos sonreír en el momento necesario; los que no supimos retroceder cuando retroceder significaba avanzar? ¿Dónde acabaremos los que nunca fuimos inocentes? ¿Quién se apiadará de los desesperanzados cuando todo haya concluido, y hoy mismo y esta misma tarde, y en este tedioso instante, quién golpeará la puerta para traer algo que no sea indiferencia, desprecio por nosotros, asco de nuestras caras o la boleta del gas?
¿En qué infierno acabaremos los equivocados, los que no fuimos genios, los que no fuimos dioses, los que sobrevivimos de prestado? ¿Los que conocimos la luz y nos detuvimos a jugar con las sombras? ¿Qué será de los vencidos ilesos? ¿Qué será de los fracasados, de los que no recibimos una bofetada a tiempo o la tuvimos pero nadie se acercó a consolarnos? ¿Habrá un sol, una playa, un mar, un cielo nuevo para los desertores del rebaño que nos estrellamos las narices contra las piedras pero no nos atrevimos a regresar? ¿Qué será de los que lloramos a escondidas? ¿Habrá algún premio para los que quisimos volar más alto y no triunfamos? (pero nos defendimos a gritos cuando dijeron que era soberbia).
¿Cómo recuperaremos el tiempo que se nos fue esperando? ¿Cómo responderemos ahora a todo aquello que no respondimos? ¿Qué ilusión podrá resistir a nuestro cansancio? ¿Qué respuestas encontraremos en las paredes? ¿Qué plegaria rezar que no contenga mentiras? ¿Qué sueño soñaremos los que nos nutrimos de letargos? ¿Qué canción entonaremos que no evoque los deseos irrealizables, los intentos fútiles? ¿Ante qué Dios nos arrodillaremos los que no aprendimos a rendir pleitesía?
En esta casa muda ¿qué móvil existirá que nos despierte? Ya acostumbrados a esperar el porvenir y siempre desesperando en cada instante. Apoyados en los alféizares, con los ojos irritados, con las manos mortecinas, mirando octubres o eneros en la calle. Y los jóvenes, la belleza, los niños, los frutos, el amor afuera..
¿De que simiente surgimos los infinitamente deshabitados? ¿Qué oráculo inexorable predijo nuestro desierto? ¿En qué juego de la infancia apostamos la inocencia? ¿En qué rayuela perdimos la esperanza y en qué escondida aprendimos a sufrir?
Quizás la verdad en estado puro se halle únicamente en la desolación y el fracaso. Un sobreviviente para otro es siempre un espejismo.
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